Tolkien: El lenguaje y la aventura. José Luis Ontiveros

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Parece como si Tolkien tuviera en el lenguaje la intimidad del alma. Así, sus personajes más siniestros (los trasgos, los trolls, Gollum) tienen voces siniestras y sus héroes primordiales (los Elfos) fueron los creadores del lenguaje. Pero también hay una contraposición entre la lengua de la urbe, degenerada y tosca, y la lengua del bosque, clara y luminosa. Esta clave lingüistica de Tolkien revela un aspecto más de su obra: la lucha entre la espada y la ciénaga.

 

El renacer de las sagas

Cuando fue arrojada la fantasía a los fondos del inconsciente por la soberbia intelectual de un siglo escéptico, emergió un cultivador de sagas y de mitos. Frente al discurso ideologizado, que califica la realidad y la ordena en sistemas, los elfos del bosque pulieron sus espadas y los malvados trasgos buscaron un túnel lóbrego donde ocultarse. J.R.R. Tolkien es el autor de una nueva mitología artúrica y de un renacer de los símbolos de las sagas bretonas y sajonas en un ciclo narrativo. Tolkien es el escritor que se niega a describir los “barrotes de la cárcel” de la realidad, y que la trastoca para encontrar el nudo entre el cielo y la tierra. En él se encuentra exorcizado el salvaje que imaginaba De Maistre como una regresión opuesta a la nobleza original, como un retorno no de la tradición sino de la brutalidad. El filólogo, que construyó su nido-hobbit en Oxford, logró salvar por la imaginación su vida ordinaria y monótona de profesor. En el sentido de la creación fue distinto al “profesor declamador” que describe Nietzche.Su primer libro El hobbit (1937) encierra varios de los motivos fundamentales que desarrolla en El Señor de los Anillos (1954-55), y ha sido considerado en ejercicio menor, “escrito para niños” y del cual se evoca el propio juicio de Tolkien: “Les disgustó -instintivamente- cualquier cosa en El Hobbit que estuviera de alguna manera señalada como para niños, en lugar de simplemente para toda la gente. A mí también, ahora que lo pienso”. Este juicio parece guardar una contradicción: Tolkien sufrió una falla estilística pero simultáneamente dió a su relato oralidad para ser una cosmogonía contada. El hecho de que Tolkien opinara sobre El hobbit con suficiencia desfavorable no autoriza el que se tenga que creer ciegamente la opinión de un filólogo, que ve a distancia su otro ser, al creador de ficciones, al bardo. El hobbit es un alegato contra la lógica del progreso y los fantasmas de la edad tecnológica. Puede tratarse de un testimonio ecológico, pero también es un universo de símbolos situado más allá de lo tangible y de lo rutinario.

El hobbit, de talla menuda, con rizos castaños en la cabeza, es una raza apacible, campestre, amante de las pipas y del confort, enemiga de las chimeneas de las fábricas. La saga que surgirá en torno a Bilbo Bolsón, el protagonista de la novela inicial de Tolkien, parece confluir en dos vertientes: el interés por el lenguaje y el sentido transformador de la aventura.

 

El sol de los elfos

El lenguaje hace de El hobbit un cuento de hadas heroico y un tratado sobre el alma y su correspondencia con la palabra. A través de la contrucción de una estructura reiterativa, unidimensional y lineal, Tolkien une diversos episodios en un centro unitario, que es el contar las aventuras del hobbit. El hobbit es el personaje que crea su historia mágica -narrando su propia vida-, y otorga al lenguaje su ser fundador.Tolkien, cultor de la gaya ciencia de las runas y de las letras lunares, manifiesta distintas preocupaciones por el lenguaje. Se interesa por el lenguaje secreto de los encantamientos y por las distintas voces que animan a la variedad de los seres. Para Tolkien fueron los elfos (seres dotados de gracia) los que forjaron el lenguaje: “No hay palabras que alcancen a expresar ese asombro abrumador desde que los Hombres cambiaron el lenguaje que aprendieron de los Elfos, en los días en que el mundo entero era maravilloso”.

El lenguaje que sostiene la oralidad del cuento de hadas establece también rasgos platónicos en las distintas voces. Pareciera que Tolkien considera que el lenguaje registra la intimidad del alma. Existen diversas formas en que el lenguaje se manifiesta; son los dialectos de los personajes. A las figuras pesadas y semi-idiotas de los trolls corresponde un lenguaje pedestre y tautológico: “Pero eran trolls. Trolls sin ninguna duda. Aún Bilbo, a pesar de su vida retirada, podía darse cuenta: las grandes caras toscas, la estatura, el perfil de las piernas, por no hablar del lenguaje, que no era precisamente el que se escucha en un salón de invitados.

-Carnerro ayer, carnerro hoy y maldición si no carnerro mañana -dijo uno de los trolls-“.

Los trasgos, especie de proletarios de los duendes, miserables, toscos y mal educados, emplean una lengua estridente que va de acuerdo con su gusto por la oscuridad de túneles infectos y su forma de pelear: multitudinaria y cobarde. Dice Crabbe en su estudio sobre Tolkien: “Por ejemplo, los trasgos de la montaña tienen ‘rostros toscos’ y hablan como ingleses urbanos de la clase trabajadora” (1). Tolkien describe el aullido estentóreo de los trasgos, que festejan sus correrías en cavernas hundidas en el fondo de la montaña: “Los gritos y lamentos, gruñidos, farfulleos y chapurreos, aullidos, alaridos y maldiciones, chillidos y graznidos que siguieron entonces eran indescriptibles. Varios cientos de gatos salvajes y lobos asados vivos, todos juntos y despacio, no hubieran hecho tanto alboroto”.

Un ejemplo logrado de la forma en que Tolkien juega con el lenguaje es Gollum, criatura patética, monstruo chapurreante que vive en una laguna nocturna, y al que el hobbit derrota en un acertijo afortunado. Gollum, alguna vez, vivió en la superficie y se complacía por el sol. Al paso del tiempo se convirtió en una criatura carnicera, de hablar solemne y retórico, afecto al monólogo y en propiedad de un anillo de poder que hace invisible: “- ¿Qué ess él, preciosso mío? -susurró Gollum- (que siempre se hablaba a sí mismo, porque no tenía a ningún otro con quien hablar)”.

Los trolls, los trasgos y ahora Gollum. Se trata de un lenguaje degradado, que se alza en el aullido trasgo de los duendes proletarios, se enlaza torpemente en la repetición de los pesados trolls, o se pierde en el vicioso y húmedo monólogo de Gollum. ¿Qué otras criaturas expresan su caída por la voz? Los wargos, “la espantosa lengua de los wargos”: “Les habló en la espantosa lengua de los wargos. Gandalf la entendía. Bilbo no, pero el sonido era terrible, y parecía que sólo hablara de cosas malvadas y crueles, como así era”. Los wargos son lobos salvajes que generalmente se alían con los trasgos en depredaciones y ataques furtivos. A veces los trasgos cabalgan sobre los lobos. (En El hobbit, en la batalla final de los cinco ejércitos, hordas de trasgos se acompañan de manadas de wargos, que finalmente sucumben).

Tolkien, al igual que Heidegger, considera que la poesía expresa lo sagrado, es el decir más alto y se encuentra fundido en el nombre-designación de Bardo, héroe que matará al dragón y que recoge los símbolos del rey-guerrero y de la “realeza sacra”. Poetizar es nombrar la sustancia de las cosas, y expresar su esencia. En el lenguaje se encuentra el símbolo igualmente de la Edad de Oro, en que lo sagrado se instaura como una poesía de la totalidad, y no hay más diferencia entre el sujeto y el mundo externo. Edad que Tolkien reconoce como propia de una supernaturaleza semejante a la de los cuentos de hadas. El lenguaje, como las espadas, es un patrimonio élfico, goza de una “gracia” única y puede ser el grito espantoso de un trasgo tocado en su cueva por un rayo de sol.

 

El simbolismo de la espada

Tolkien anuncia a una civilización que ha rechazado el valor de la aventura, el significado que ésta tiene en la formación de los valores. El mundo del hobbit con sus alacenas llenas de comida, sus chalecos, y sus hábitos sedentarios es extraño al misterio de lo imprevisilbe. El universo hobbit considera “respetable” al que “nunca tuvo aventura alguna o hizo nada inesperado”.Tolkien describe las limitaciones de la civilización hobbit, mito de la vida campestre y pacífica alejado de las utopías de los sistemas monistas y abstractos. Así Bilbo Bolsón responde al mago Gandalf, que lo invita a una aventura: “En estos lugares somos gente sencilla y tranquila y no estamos acostumbrados a las aventuras. ¡Cosas desagradables, molestas e incómodas que retrasan la cena!” (2). Sin embargo, la civilización hobbit no se niega por completo a las experiencias fundamentales del azar y del peligro, en el hobbit anida el recuerdo fabuloso de sus orígenes que lo relacionan con las hadas y con lo mágico. El hobbit decide emprender sobre sus hábitos ordenados y su vida pacata, el proceso místico de la aventura, en que renacerá un ser muy distinto del viejo hobbit del agujero confortable y los largos anillos de humo de su pipa contemplativa.

En Tolkien están muy presentes mitos fundamentales como el símbolo del renacimiento, el de la espada, el del retorno del señor del mundo, el de la puerta secreta y el de la lucha contra el dragón. Cada uno de estos mitos es paralelamente un orbe literario. Un juego de signos y de historias subordinadas al desarrollo de las aventuras del héroe. Como centro de ese simbolismo aparece el arma con que el héroe debe enfrentar las pruebas de su purificación y ejercer su acción sobre la realidad, en la existencia de una espada de origen élfico Tolkien señala la acción necesaria de los guerreros. El hobbit pacífico y bonachón se transforma en un guerrero sereno y arriesgado: “Enseguida le puso Bilbo una pequeña cota de malla, forjada para algún joven príncipe elfo tiempo atrás”. Si bien cabe el humor en la figura no demasiado terrible de un hobbit guerrero, éste se encuentra su espada como botín de guerra, luego de que los torpes trolls de hablar rudimentario y cuerpo pesado son transformados por el sol en estatuas de piedra. La espada simboliza el destello de un ser distinto que aparece en el doméstico hobbit que extraña su mecedora y su cama. La espada encarna así el símbolo de un ser cualitativamente diferente y, simultáneamente, representa el interés por el lenguaje que caracteriza la obra de Tolkien: “En otro tiempo había dado muerte a cientos de trasgos, cuando los elfos rubios de Gondolin los cazaron en las colinas o combatieron al pie de las murallas. La había denominado Orcrist, Hiende Trasgos”.

A su vez el hobbit llega a bautizar su propia espada como “Aguijón”, proveniente de un linaje no humano: “No han sido forjadas por ningún troll ni herrero humano de estos lugares y días, pero cuando podamos leer en las runas que hay en ellas, sabremos más”.

La espada representa el espíritu de aventura y el poder actuante de la “gracia” sobre la realidad. El ser oscuro de los trasgos, la ambición y tozudez de los enanos, el balbuceo de Gollum, el destello de la espada que hiende al Gran Trasgo o al malvado Bolgo del Norte constituyen la cartografía de otra realidad. Tolkien asalta las sombras de la ciudad con fantasía. Su obra se enfrenta a la edad que ha desterrado a los dioses, cuando la aventura renace en el mundo.

(1) Katharyn F. Crabbe, J.R.R. Tolkien, Editorial Fondo de Cultura Económica, México, 1985.
(2) J.R.R. Tolkien, El hobbit, Editorial Minotauro, España, séptima edición, 1985.

http://elredescubrimientodelmito.blogspot.com

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