J.R.R. Tolkien: el Hobbit de Oxford. Mario Severino

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Para el escritor italiano Mario Severino, Tolkien encarna una crítica claramente conservadora al mundo actual. Sus inclinaciones regresivas y maniqueas son patentes. Sin embargo, los ecologistas se inspiran abiertamente en él y la topografía tolkeniana llena los recursos progresistas. ¿Cierta izquierda apoyada en un autor “völkish, católico y reaccionario”? He aquí todo un síntoma metapolítico.

Vivía en un pequeño cottage, a la sombra de los colegios de la gótica universidad de Oxford. Católico y reaccionario, prestaba distraída atención a los sucesos de su tiempo y no gustaba de leer los diarios, actividad, a su juicio, eminentemente intrascendente. Aparte de una breve estancia en las trincheras francesas durante la Primera Guerra Mundial y algunos viajes de estudio a Irlanda, su existencia transcurrió en medio de una simplicidad y regularidad abrumadoras.

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“En verdad, yo soy un hobbit”

El hecho es que el mundo contemporáneo tenía para él un interés y una realidad infinitamente menores que las de las de las antiguas literaturas sajonas, germánicas y célticas que enseñaba en Oxford, que las mitologías que debían inspirarle una obra poética y narrativa sin precedentes.Todos los jueves por la tarde, en el curso de los años treinta, se reunía con sus amigos, jóvenes eruditos y viejos literarios oxfordianos, para fumar pacíficamente la pipa y leer los esbozos de El Hobbit, de El Señor de los Anillos, poemas, fábulas, y hablar incansablemente del Beowulf, de los Niebelungen y de las narraciones de la Tabla Redonda.

“En verdad yo soy un hobbit -escribió más tarde- en todos los sentidos del término. Amo los jardines, los árboles y los campos, cuando no están mecanizados. Fumo en pipa y amo la alimentación simple y buena (esto es, sin artificios), pero detesto la cocina francesa. Me gusta vestir, aun en estos tiempos en que ya no se usa, el chaleco, por puro placer. Adoro los hongos. Tengo un sentido bastante simple del humor que mis entusiastas críticos encuentran deplorable). Me acuesto tarde y me levanto tarde (cuando es posible). No viajo mucho”. (Humphrey Carpenter, J.R.R. Tolkien: A Biography, Allen & Unwin).

Fallecido el 2 de septiembre de 1973 a la edad de ochenta y un años, John Ronald Reuel Tolkien dejó incompleto un relato cuya concepción, gestación y redacción ocupó más de la mitad de su vida; El Silmarillion. Durante ese tiempo Tolkien había escrito ya El Hobbit, El Señor de los Anillos, una colección de poemas fabulescos titulada Las aventuras de Tom Bombadil, algunos cuentos, sin hablar de sus notables trabajos de fisiólogo, de traductor y de comentarista de antiguos textos sajones (su edición del Beowulf es hoy un clásico en inglés).

La historia de El Silmarillión se confunde con la de su autor. Todavía era niño cuando en Birmingham, donde un viejo sacerdote le había recogido después de la muerte de su madre (al padre apenas lo había conocido), ya devoraba los antiguos poemas mitológicos anglosajones y manifestaba una sorprendente predisposición para los estudios filológicos. La lengua galesa, que había descubierto durante una excursión, lo fascinó por su belleza y complejidad poética. Fue, pues, absolutamente natural que la carrera académica lo hubiera conducido a Oxford, donde se sumergiría plenamente en un universo mitológico y lingüistico que ya nunca abandonó. Las sagas, las leyendas bretonas y los poemas sajones adquirieron muy pronto en su espíritu una existencia autónoma y producían imprevistos desarrollos. Héroes fabulosos, dragones y criaturas maravillosas nacían de sus primeros poemas, de inspiración artúrica y, desde 1917, Tolkien decidió crear en su propio país fabuloso un corpus ideológico imaginario, provisionalmente titulado El libro de las últimas narraciones y más adlante The Silmarillion. La composición de esta obra, que narra la historia de la Primera Edad de la Tierra Media, la interrumpe en los años treinta para escribir un cuento para niños cuyo contenido mitológico se conecta de forma directa al de El Silmarillion: El Hobbit (1037). Más tarde, Tolkien lamentó esta alusión a un público infantil; de todas maneras, como escribió C.S. Lewis “Todos los que aman esos libros para niños que pueden ser leídos y releídos por adultos han de tomar buena cuenta de que una nueva estrella ha aparecido en esa constelación. Para el ojo entrenado algunos de los caracteres han de parecer casi mitopoéticos”.

El éxito del libro y todas las prolongaciones narrativas que implicaba, impulsaron entonces a Tolkien a escribir, esta vez ya para los adultos, un vasto fresco que tendría que narrar las catástrofes del final de la Tercera Edad, la lucha por la posesión y la destrucción de un anillo de terrible poder y el establecimiento definitivo del reino de los hombres: El Señor de los Anillos, cuya extensión exigirá no menos de una decena de años (1937-1949).

Mito y Fantasía
Esta obra maestra de la literatura fantástica y heróica, cuyos tres volúmenes (La Compañía del Anillo, Las Dos Torres y El Retorno del Rey) nos empujan a un mundo de una riqueza mitológica luminosa, de una formidable vitalidad, dotada de una geografía propia, de su propio lenguaje y de sus propias escrituras (rúnicas), e incluso de su propio retro-mundo (el que nos describe precisamente El Silmarillion); y constituye la ilustración rigurosa y resplandeciente de la idea que Tolkien tenía de la narración fabulosa.A este respecto, la lectura del breve ensayo titulado Sobre la Fábula (1939), contenido en la colección Albero e Foglia es capital para quien quiera apreciar la originalidad literaria de las obras de Tolkien, y en particular de El Señor de los Anillos. Para Tolkien, el universo de la fábula es irreductible al mundo real y ésta es la razón por la cual el filólogo oxfordiano niega el apelativo de “fábula” a las historias que, en forma alegórica o satírica, transponen situaciones reales, históricas, y fácilmente identificables por el lector.

La Fantasía no es solamente una transposición onírica. Es un mundo lógico, o por lo menos coherente, cuyos dragones, elfos, enanos, trolls y goblins no son necesariamente los únicos habitantes: los hombres mismos pueden adquirir un papel importante y tomar una segunda naturaleza fantástica, fabulesca. Es el caso del rey Artus, que, explica Tolkien, ha pasado de una existencia histórica a una existencia fantástica o mítica: “La olla de sopa, la cazuela del relato ha continuado hirviendo sin interrupción, y continuamente le han sido agregados nuevos ingredientes, gratos o no”. He aquí, exactamente lo que Tolkien ha intentado hacer en relación al viejo fondo mitológico germánico, céltico y sajón: para Tolkien no existe ninguna diferencia entre la mitología y la Fantasía.

Un mundo rural, feudal e ideal
En uno de los estudios consagrado a El Señor de los Anillos (Tolkien, A Look Behind The Lord Of The Rings, Ballantine Books, Londres 1973) Lin Carter ha puesto claramente en evidencia las filiaciones principalmente nórdicas (y secundariamente célticas) del universo mitológico de Tolkien; en efecto, la única creación pura que se le puede atribuir es la de los “Hobbit” (medio hombres, medio seres fabulosos). Esta creación, si no justifica ninguna interpretación histórica precisa, puede suscitar una lectura simbólica teniendo en cuenta la importancia y la ejemplaridad que Tolkien confiere a este pequeño pueblo simpático, campestre, pacífico, bonachón, enemigo del movimiento y del progreso, pero capaz de reacciones vigorosas, y con los cuales él se identificó abiertamente. Un pueblo a través del cuál Tolkien nunca negó haber tratado de pintar una vieja Inglaterra rural, fuedal e ideal. Es cierto que los relatos de Tolkien están llenos de empresas heróicas y de formidables encuentros. Empero, se advierte constantemente en ellos una nostalgia por la inmovilidad y la paz, por una mítica edad de oro.Uno de los más agudos exégetas de la obra de Tolkien, Randel Helms (Tolkien’s World, Tames & Hudson, citado por Michel Marmin en Tolkien, le magicien, “Ecrits de Paris”, noviembre 1976) pretende que el héroe de El Señor de los Anillos, el Hobbit Frodo es exactamente un anti-Fausto: “Desde el fin del medievo hasta la primera explosión atómica (para ser lo más precisos posibles) nuestras más profundas necesidades espirituales han sido faústicas, y han dirigido nuestras energías espirituales y sentimentales hacia la búsqueda sin fin del saber y del poder sobre la naturaleza, sobre nuestro mundo. Nos hemos convertido en émulos de Sauron (el héroe maléfico de El Señor de los Anillos); podemos domeñar la naturaleza, pero descubrimos al mismo tiempo que cada intervención sobre la naturaleza corrompe y contamina. Como Sauron, podemos oscurecer el cielo, arruinar la vegetación, pervertir y dominar el espíritu de los hombres; y como Sauron, permanecemos prisioneros de nuestras mismas apropiaciones, incapaces de percibir una alternativa a la expansión y a nuestro poder corruptor. Se ha hecho poco a poco evidente, de todas maneras, que será necesaria una vía diferente, si la humanidad quiere sobrevivir, y Tolkien no es el último de los espíritus brillantes que nos sugieren este camino: retornar a la vida simple, repudiar el deseo de dominar y, en consecuencia, de contaminar la naturaleza, someterse de nuevo a su ritmo. Es lo que sostienen aquellos que comparten el punto de vista de Frodo; en otros términos, los Hobbit son para Tolkien el símbolo de una aspiración anti-faústica. Frodo posee el anillo, símbolo del poder corruptor, pero no desea otra cosa que deshacerse de él. Incluso corriendo el riesgo de que el anillo caiga en las ennegrecidas manos de Sauron, el Hobbit debe intentar destruir esa fuente y símbolo del deseo faústico de potencia y de saber, porque solamente con ello podrá volver la paz al viejo y buen país de Tolkien, la Contea, país tranquilo, regulado únicamente por la alteración de las estaciones”.

No obstante, cuando Frodo y su fiel servidor Sam Gamgee regresan a Contea, cumplida su misión, una desagradable sorpresa los espera: el alma condenada de Sauron, el malvado mago Saruman, ha introducido industrias y chimeneas de fábricas. Esta conclusión pesimista refuerza singularmente la interpretación de Randel Helms y aclara retrospectivamente un aspecto fundamental de su obra.

Hay, en Tolkien, incontestablemente, una inclinación regresiva y maniquea que su admirable instinto mitológico y épico no pueden disfrazar. La popularidad tan ambigua de que goza en los Estados Unidos (donde la Tolkien Society of America es una institución próspera y grande) es, a este respecto, bastante significativa. Y no es sin razones válidas que los ecologistas se inspiran abiertamente en la obra de este viejo y delicioso narrador völkisch, católico, inglés y reaccionario.

Mario Severino
(Trad. Del italiano: Adriana Valdés Krieg)Mario Severino, Il hobbit di Oxford, Edizioni Quaderni del Signo, Milán, 1985.

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