¿Se puede considerar racista a Tolkien?

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El acusar a J.R.R. Tolkien de racista suele ser el último recurso que utilizan aquellos que normalmente son incapaces de criticarlo desde el punto de vista meramente literario. Y es ésta una acusación relativamente habitual: desde mensajes en foros del tipo “me han dicho que…”, “he oído que…”, hasta artículos aparecidos en revistas y páginas web.

Uno de los primeros argumentos que se esgrimen es: “¿acaso no se trataba de un ciudadano blanco sudafricano?, ¿o ya se olvidó quiénes inventaron el apartheid como sistema político y social?”… pues vaya, es cierto, Tolkien era blanco, y además nació en Sudáfrica, en Bloemfontein más exactamente. Aunque claro, si nos fijamos un poco mejor en su biografía veremos que nació en 1892, y en 1895, esto es, a la edad de tres años, partió para Inglaterra con su madre y su hermano menor. Pero resulta que las primeras medidas de apartheid fueron tomadas en 1913, no cobrando carta de naturaleza hasta 1948, con el ascenso del partido nacionalista al poder. Bien… parece que el primer argumento tiene un serio problema “temporal”.

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Pero, ¿y sus personajes?; los “buenos” son todos rubios, nórdicos, arios, se podría decir (aunque, como se verá, de forma equivocada); mientras que los “malos” vienen del oriente, o del sur, y son de rostros oscuros o cetrinos. Esto es, al menos en parte, cierto; pero no deja de ser una burda simplificación.
No se puede olvidar que el noroeste de la Tierra Media se corresponde aproximadamente con Europa (ver esta FAQ), donde la raza predominante es la blanca, y las grandes invasiones históricas siempre han procedido del este (como los Hunos) o del sur (los Árabes). Lo único que hizo Tolkien fue extrapolar esta situación a su propio pasado mítico.
Pero es que incluso la idea de que la Tierra Media fuese “nórdica” le desagradaba. Así se lo hizo notar a los editores del Daily Telegraph Magazine cuando le enviaron el borrador de una entrevista que le habían hecho; en el texto del artículo decían que la Tierra Media “…corresponde espiritualmente a la Europa nórdica”, a lo cual Tolkien respondió:

“¡No nórdica, por favor! Una palabra que personalmente me disgusta; aunque de origen francés, se la asocia con teorías racistas. Geográficamente, septentrional [Northern] resulta por lo general más adecuada. Pero un examen demostrará que incluso esta palabra es inaplicable (geográfica o espiritualmente) a la ‘Tierra Media’…

“Auden ha afirmado que para mí ‘el Norte es una dirección sagrada’. Eso no es cierto. El Noroeste de Europa, donde yo (y la mayoría de mis antepasados) he vivido, tiene mi afecto como es propio que lo tenga el hogar de un hombre. Amo su atmósfera y sé más de sus historias y sus lenguas que de otras partes, pero no es ‘sagrado’ ni agota mis afectos. Por ejemplo, siento un particular amor por la lengua latina, y entre sus descendientes, por la española. Que no es verdad en relación con mi historia, debería demostrarlo la mera lectura de las sinopsis. El Norte era el asiento de la fortaleza del Diablo [Morgoth]. El avance de la historia culmina con lo que se parece mucho más al restablecimiento de un Sacro Imperio Romano eficaz con su asiento en Roma que a nada que hubiera sido concebido por un ‘nórdico’.”
(Carta nº 294)

Pero es que, además, ni todos los Elfos son rubios (son predominantemente morenos, si bien de tez blanca), ni todos los Orientales son malvados (la tribu de Bór fue leal a Maedhros), ni todas las razas “buenas” (si se permite la expresión) se ciñen a una estética de individuos blancos-altos-guapos… Está muy claro que nuestros queridos Hobbits no se ajustan a ese canon de belleza, y tampoco los Enanos; pero hay un caso todavía más extremo: los Drúedain. De ellos dice Tolkien:

“A los ojos de los Elfos y los demás Hombres resultaban de aspecto desagradable: eran bajos (algunos de poco más de una vara), pero muy anchos, con nalgas pesadas y cortas piernas gruesas; las caras anchas tenían ojos hundidos, con cejas gruesas y narices chatas…”
(Cuentos Inconclusos, “Los Drúedain”)

Pero resulta que de esos seres de “aspecto desagradable” se dice sólo un poco más adelante que:

“Los Eldar los llamaron Drúedain y los admitían en la jerarquía de los Atani, pues fueron muy amados mientras duraron.”

Y es más, Ghân-buri-Ghân, descendiente de los Drúedain de antaño, se permite recriminar el comportamiento de los Hombres de Rohan, uno de los pueblos por los que Tolkien sentía más afecto, cuando dice:

“Pero si sobrevivís a la Oscuridad, dejad que los Hombres Salvajes vivan tranquilos en los bosques y nunca más los persigáis como a bestias.”
(El Señor de los Anillos, “La cabalgata de los Rohirrim)

Curioso “racismo” el de Tolkien que clama por el amor y el respeto a un pueblo supuestamente inferior. Y no sólo eso, sino que también se demuestra compasión por el enemigo caído, como cuando Sam ve el cadáver de un Sureño:

“Era la primera vez que Sam veía una batalla de Hombres contra Hombres, y no le gustó nada. Se alegró de no verle la cara al muerto. Se preguntó cómo se llamaría el hombre y de dónde vendría; y si sería realmente malo de corazón, o qué amenazas lo habrían arrastrado a esta larga marcha tan lejos de su tierra, y si no hubiera preferido en verdad quedarse allí en paz…”
(El Señor de los Anillos, “Hierbas aromáticas y guiso de conejo)

Hemos preferido dejar para el final la que puede que sea la prueba más importante para demostrar el no-racismo de Tolkien. La historia tal y como se cuenta en las Cartas, es la siguiente: “Allen & Unwin había negociado la publicación de una traducción alemana de El Hobbit con Rütten & Loening, de Postdam. Esta empresa le escribió a Tolkien preguntándole si era de origen ‘arish’ (ario)” [nota a la Carta nº 29]. La respuesta de Tolkien fue la siguiente:

“25 de julio de 1938 20 Northmoor Road, Oxford

Estimados señores:

Gracias por su carta… Lamento no tener muy claro a qué se refieren con arish. No soy de extracción aria: eso es, indo-iraní; que yo sepa, ninguno de mis antepasados hablaba indostano, persa, gitano ni ningún otro dialecto afín. Pero si debo entender que quieren averiguar si soy de origen judío, sólo puedo responder que lamento no poder afirmar que no tengo antepasados que pertenezcan a ese dotado pueblo. Mi tatarabuelo llegó a Inglaterra desde Alemania en el siglo XVIII; la mayor parte de mi ascendencia, por tanto, es puramente inglesa, y soy súbdito de Inglaterra; eso debería bastar. No obstante, me he acostumbrado a considerar mi apellido alemán con orgullo, y seguí considerándolo así durante todo el periodo de la lamentable pasada guerra, durante la cual serví en el ejército inglés. Sin embargo, no puedo dejar de comentar que si averiguaciones impertinentes e irrelevantes de esta especie han de convertirse en la regla en cuestiones relacionadas con la literatura, no está entonces distante el momento en que tener un apellido alemán deje de ser fuente de orgullo.
La averiguación en que se involucran sin duda obedece a las leyes de vuestro propio país, pero que éstas deban aplicarse a súbditos de otro Estado no es correcto, aun si tuvieran (y no la tienen) la menor relación con los méritos de mi obra o la conveniencia de su publicación, de la que parecen estar satisfechos sin referencia alguna a mi Abstammung [genealogía].
Confío en que encontraran la respuesta satisfactoria,
atentamente suyo,
J.R.R. Tolkien”
(Carta nº 30)

Hay muy poco que añadir a esta carta… quizá sólo que habría estado bien ver la cara de los editores alemanes cuando leyeron quienes son los auténticos “arios”.

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